• Dani De La Morena

Volveremos a vivirlo

Actualizado: jun 24

Desde que la razón me alcanza, un día entre finales de enero y comienzos de febrero, mi Colmenar se viste de gala. Para los que vivimos esa fecha desde dentro, el movimiento de madres, agujas y pañuelos los meses previos sirven de recordatorio de que La Vaquilla está al llegar. Días antes al evento, el montaje de una grada en la plaza del pueblo advierte al resto de los vecinos de que algo grande está por venir y los forasteros revisan con asombro los carteles que cubren el pueblo de arriba a abajo.


Es justo en el momento en que la grada comienza a armarse, que el cuerpo siente la necesidad de desempolvar aquella camisa blanca y esos pantalones de pana negros, que llevan casi un año esperando su día, junto a las campanas y la honda, al final del armario. Y es justo en ese momento, que les llegan las prisas a los más despistados. Por suerte, la acogedora tienda de tejidos y confecciones de la Calle de la Cuesta siempre tiene alguna gorra o faja de más para ellos. Al igual que Luismy, o María en su día, tienen un último par de alpargatas, de cualquier número, guardado en algún rincón de la zapatería.


Los supermercados, por su parte, se preparan para un sospechoso repunte en la venta de vino tinto. Los mismos señores de cincuenta y tantos acompañados por los mismos chavales que vinieron el pasado año, un año más mayores y con algún litro de vino de más. Entretanto, las responsables de que la protagonista de la fiesta esté engalanada, dan los últimos retoques a Loquilla y las cajas de rosquillas ocupan ya un lugar privilegiado junto a los claveles, de la floristería de Rosi, claro.


La noche previa, la cabeza no para de darle vueltas a lo que está por venir y a pesar de que la mañana transcurre como la de un día cualquiera, cuando a partir de las 2 de la tarde las calles empiezan a ser testigos de los primeros tintineos producidos por las campanas de los más jóvenes, las ganas de salir a la calle son ya incontrolables.


De nuevo les toca el turno a las madres, que entre las correas, una aguja y algo de hilo, intentarán que las calcetas y cintas duren algo más que el año anterior. Los padres, por su parte, suelen ocuparse de que la faja quede en ese término medio entre la respiración y la estética, sin tener del todo claro hacia que lado deben quedar los flecos. Minutos después, entre prisas y algún que otro pinchazo, llega uno de los momentos del año: mirarse al espejo y sentirse vaquillero. No tiene precio.



Por lo general, otro de esos momentos del día que da sentido a la fiesta, es el momento en que, un año después, volvemos a reencontrarnos toda la cuadrilla. Algunos son amigos, a otros los ves ocasionalmente y a unos pocos solo de año en año, pero el vinculo que os une y os ha mantenido juntos desde pequeños es innegable. Juntos de nuevo.


Entonces, la fiesta se divide en tres. Los más pequeños, acompañados por sus padres, hace ya algún rato que recorren las calles del pueblo. El resto de vaquilleros, van abandonando las diferentes sedes en lo que se asemeja a un riguroso orden de alternativa para dar luz, color y sonido a un Colmenar que poco a poco va llenando sus bares y que desde las 16:00 ve como las gradas colocadas en el Ayuntamiento, esas que comenzaban a montarse para que la fiesta empezase a sentirse, van tomando el aspecto de una tarde de no hay billetes. Ellos son la tercera parte de la fiesta, todos aquellos a los que, año tras año, algo se les despierta "un 2 de febrero" sabedores de que las vaquillas están de vuelta y Colmenar de fiesta.



La simbiosis que se crea en el pueblo entre asistentes, familiares y vaquilleros es difícil de explicar, al igual que lo que uno siente instantes antes de salir a bailar. -He pasado menos miedo corriendo algún encierro, que saliendo a la plaza del pueblo. Lo prometo- La responsabilidad es grande, las ganas de que las cosas salgan bien infinitas y el reconocimiento de la gente, pase lo que pase, algo asegurado. Una ovación despide a cada una de las vaquillas y entonces, como si un cohete imaginario retumbase en Colmenar, la fiesta se abre paso. La siguiente visita al Ayuntamiento es un reencuentro con otros vaquilleros, con amigos, pero sobre todo con algunas personas que están viviendo, un año más, ese día mágico de la misma forma que tu lo haces, como algo más que una fiesta. Una tradición que guarda un último regalo a mayorales y talegueros: asomarse al balcón del Ayuntamiento y gritar al pueblo que ¡Viva Colmenar! y ¡Viva La Vaquilla!


Con la noche recién caída y tras una jornada incansable, las vaquillas, guiadas por el mayoral y los vaquilleros, retornan a sus sedes. Allí , donde el ambiente de la fiesta se torna más familiar, los asistentes presencian la muerte de la res con dos tiros al aire y dan cuenta de la sangría y las rosquillas, que simulan la sangre y carne del animal.


La fiesta ha llegado a su fin, el cuerpo pide una pausa y la tradición volverá el año que viene.


Estas líneas no son más que un reflejo de lo que habría supuesto el día de hoy para todos nosotros, un recuerdo a todo aquello que hemos perdido desde la llegada de la pandemia, pero sobre todo, un anticipo de lo que está por venir. Nos vemos el año que viene.



A mi familia, a la Loquilla, a Colmenar.


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